Sólo existe el papel

Sólo existe el papel

(o por qué no publico en formato digital)

 
Desde la reciente publicación de El menstruador mucha gente me está preguntando si tengo intención de publicar el libro en formato digital. Vaya por delante: no. Rotundamente no. Eso no va a ocurrir. Sólo existe el papel. Los que me preguntan alegan, con razonable criterio, que de ese modo llegaría a más gente, ofrecería más posibilidades, y, a la postre, fomentaría una mayor difusión de la novela. Considero que se equivocan y que el matiz (ese demonio) es el resquicio por donde se escapa su razón. Publicando en formato ebuc no fomentaría una mayor difusión del libro, sino una mayor difusión de un fichero informático. Yo no vendo software, vendo libros, y creo que hay enormes diferencias filosóficas entre una cosa y la otra, tanta como la hay entre Bill Gates y Fiódor Dostoyevsky.
       Se parte de la premisa (errónea) de que mi intención es alcanzar a cuantos más lectores sea posible. No es así. Si quisiera ser una autora de bestsellers, si quisiera seducir a las masas, hubiera escrito otra cosa, hubiera hecho todo de distinta manera. De ser esa mi intención hubiera escrito una pentalogía sobre reinos enfrentados, espadas mágicas, dragones, caballeros medievales, orcos, elfos y otros seres mitológicos. O, quizá, una trilogía sobre una cándida jovencita que se cruza con un galano (pero misterioso) multimillonario dueño de un abstracto entramado empresarial y un rascacielos que hace palidecer a la mismísima Torre Trump. O un thriller de misterio sobre un códice oculto descubierto con rayos X bajo la capa de pintura de Las meninas de Velázquez que desvela una oculta masonería ancestral que gobierna, oculta en las sombras de conciliábulos secretos, el destino de la humanidad, o la aterradora historia de un fantasma que aparece en forma de payaso diabólico para perseguir a adolescentes premenárquicos o prespermárquicos. No he hecho nada de todo eso, ni pienso hacerlo. Me preocuparía mucho la aceptación de las masas. No considero que sea un síntoma de buena salud el encajar en un sistema profundamente enfermo. Con esto, que quede claro, no quiero decir que toda obra literaria que goce de éxito comercial es indeseable. No es así necesariamente, desde luego, aunque sea así en muchísimos casos. La obra que yo he escrito no está destinada a las mayorías, ni a las masas, ni al público en general, sino que es un libro diseñado para atraer a un número reducidísimo, anecdótico, de lectores. ¡Y nada más! ¡Y sólo esos! ¡Y así está bien!
       Al grano. Sólo existe el papel. No me gustan los ebuques, lo reconozco. No poseo ningún dispositivo de lectura de ebuques y si en alguna ocasión alguien me regala uno pienso venderlo inmediatamente en internet para comprarme libros con ese dinero. Las razones por las que me desagradan los ebuques son fundamentalmente cinco (5) y me dispongo a desgranarlas en lo que prosigue:
 
1. MAQUETACIÓN/EDICION DEFICIENTE
Los ebuques se ven mal, muy mal. Todo el conocimiento adquirido desde Guttenberg se pierde en el ebuc. La revolución de internet/revolución digital ha tenido efectos muy positivos en la sociedad, pero también otros muy perniciosos. Uno de estos últimos es que la gente se ha acostumbrado a que los textos se presenten de cualquier manera, chapuceramente, y ya nadie valora el cúmulo de detalles que acompañan a la correcta maquetación de un texto. Pocos oficios hay tan denostados hoy en día como el del editor de libros. Ya nadie le da importancia a cómo estén presentadas las letras, siempre y cuando las letras estén ahí, lo cual es equivalente a, en el ámbito musical, no dar importancia a como estén presentadas las notas, siempre que estén ahí, o, en el ámbito pictórico, no dar importancia a los colores, formas y tamaños, siempre que estén ahí, o, en el ámbito gastronómico, no dar importancia a la presentación de los platos, siempre que los alimentos estén ahí.
       Puedo perfectamente empatizar con el director de cine que se irrita con la idea de que alguien vea alguna de sus películas en formato screener (es decir, con ínfima calidad de visionado, grabada clandestinamente con una videocámara en una sala, quizá mal apoyada y en disposición diagonal, o con movimientos laterales de vez en cuando, escuchando todos los ruidos ambientales de los masticadores de palomitas de maíz, viendo las sombras de todos los asistentes interrumpiendo como espectros oscuros por encima de la pantalla). No en vano ha trabajado esta director para poder ofrecer una calidad fotográfica y auditiva profesional; es difícilmente considerable que se sienta cómodo ante una presentación de la película que desmerece tanto su labor como la de todo su equipo. De la misma manera puede sentirse el músico ambicioso que soporta que su obra sea escuchada en formato mp3 sobrecomprimido, o el pintor que aguanta que la gente disfrute de sus cuadros sólo a través de fotografías, o el productor de un gran güisqui de malta que ve que alguien lo consume mezclado con Coca-Cola.
       Admiro el trabajo de orfebrería tipográfica realizado por los antiguos escribanos de la Edad Media. Me puedo pasar tardes enteras en librerías “de viejo” estudiando las impresiones de los libros cuando éstos se hacían mediante prensas con tipos de plomo, o admirando los arabescos tipo art-decó con los que se embellecían los libros a comienzos del siglo XX, o informándome sobre la historia que hay detrás de las distintas tipografías, los diseñadores que las crearon, los proyectos para los que lo hicieron o su evolución a lo largo de las décadas. Los pocos artesanos encuadernadores que quedan hoy en día me provocan auténtica fascinación y no descarto, en un futuro próximo, mandar hacer una edición limitada de lujo de mi primera novela para aquellas personas que aún son capaces de valorar este tipo de trabajos manuales. En mi opinión los libros no sólo se pueden leer; también se pueden contemplar, admirar como si fueran cuadros u objetos de artesanía. La elección de los márgenes, el interlineado, el interletraje, el kerning adaptado, las alternativas contextuales, todo eso se pierde en el ebuc, desaparece como si careciera completamente de relevancia. No es así, por supuesto. Todos estos aspectos formales tienen una influencia decisiva, incluso a nivel literario. No comprendo a los escritores que se desligan por completo de estas facetas de su propia obra.
       ¿Se han fijado ustedes que los libros infantiles, por ejemplo, suelen estar compuestos por líneas cortas, de pocos caracteres? ¿Creen que es por casualidad? ¿Creen que los imprimen con letra muy gorda porque los niños padecen problemas oculares? Al contrario, los niños suelen tener muy buena vista. Son los ancianos los que padecen problemas de visión. ¿Creen acaso que es lo mismo leer líneas de 30 caracteres que leer líneas de 80 caracteres o leer líneas de 300 caracteres? ¿Consideran que esto no tiene una influencia decisiva en la velocidad de lectura y, por lo tanto, en el nivel de atención del lector? No es lo mismo que la vista pase del margen derecho al margen izquierdo una vez cada cinco segundos a que lo haga una vez cada veinte segundos. ¿Creen que es irrelevante que el lector pueda situar la siguiente línea instantáneamente a que se confunda al dar el salto y pase una línea por alto o que incluso vuelva a leer la misma línea? Líneas demasiado cortas suponen un nivel de interrupción demasiado alto. Líneas demasiado largas suponen leer como si se estuviera viendo un partido de tenis, girando la cabeza de un lado a otro de forma secuencial. El escritor de ebuques, el escritor de ficheros, renuncia a todo tipo de control sobre esta cuestión. ¿Por qué lo hace? La única respuesta que se me ocurre es que lo hace porque es desidioso y le da exactamente lo mismo, no siente ningún tipo de responsabilidad hacia su propia obra.
       Éste suele ser el momento exacto en el que los dueños de errideres suelen alegar que no, que soy muy tiquismiquis y que su errider, aquel por el que han pagado una considerable cantidad de dinero, se ve divinamente bien y que gracias a él han leído una ingente cantidad de libros. Se equivocan. Lo que han leído es, en todo caso, es una ingente cantidad de ficheros informáticos. Por desgracia los errideres han sido diseñados por ingenieros informáticos, no por maquetadores, tipógrafos, editores o amantes de los libros. Mucho me temo que a la tecnología del errider aún le faltan varias vueltas de tuerca hasta que puedan mostrar a la perfección todas las sutilezas formales presentes en un buen libro. Mal control de líneas viudas y huérfanas, justificación irregular, tratamiento equivocado de distintas tipografías, notas a pie de página mal colocadas, justificado de líneas erróneo, sangrado incorrecto.
 

 

 

 
       Existen algunos escritores que han hecho uso de todas posibilidades tipográficas existentes para acentuar distintos aspectos del contenido de su obra. Entre ellos se cuentan gente como Julio Cortázar, Enrique Jardiel Poncela o Michael Ende. Quienes conozcan su obra reconocerán en seguida de qué estoy hablando. ¿Cómo se verían sus libros en formato ebuc?
 

 

 

 

 

 

 

 
2. OBSOLESCENCIA
Uno de los mitos más extendidos hoy en día es que la información digital, la información codificada, es imperecedera, imborrable, eterna como un tótem de la antigüedad. En realidad esta es una idea muy discutible, y lo es desde distintas ópticas.
       Las letras impresas, o grabadas en piedra, nos acompañan desde hace miles de años. Han resistido a las inclemencias del tiempo, a los rigores del destino, y siguen estando entre nosotros. La información digital, por el contrario, no lleva entre nosotros ni medio siglo. ¿A santo de qué depositar toda nuestra confianza en una tecnología cuya durabilidad aún debe ser demostrada? ¿Puede usted leer hoy en día un minidisc de los años 90? ¿Un laserdisc? ¿Un VHS? ¿Un programa informático de los años 80? Difícilmente. En unos años muy posiblemente ya será muy complejo leer un CD y pocos años después será inviable leer un BlueRay, o un dispositivo de USB o, por supuesto, un ebuc. La mayor parte de ebuques desaparecerán, se desvanecerán en un almacén de chatarra, y no quedará ni rastro de ellos. No habrá nada que pueda dejar testimonio de su paso por el mundo. Nadie se tomará la molestia de renovar esos ficheros, salvo en casos muy específicos. ¿Cuáles? Pues, de forma general, en los casos de aquellos libros que hayan sido ampliamente difundidos en papel.

       Una de las múltiples razones por las que se suele escribir es precisamente para trascender en el tiempo, para sobrevivir a la muerte, pare tener una existencia más allá de la vida. Si publicara ebuques en lugar de libros no podría garantizar esa permanencia de mi obra más allá de unos pocos años. Después de eso, sería especulativo. Sin embargo, cada ejemplar impreso en papel tiene muchas posibilidades de perdurar en el tiempo, de seguir existiendo más allá de mi muerte (quizá en una caja de cartón, o sobre una estantería cogiendo polvo, pero existiendo de facto).
       Muchos escritores sostienen que gracias al ebuc consiguen vender muchos más libros pero creo que lo que ocurre de verdad es justo lo contrario. Gracias al ebuc venden muchísimos menos libros. Cada ebuc vendido es, potencialmente, un libro menos que se puede vender. Una novela más que no merece la pena imprimir, que no merece la pena gastarse el dinero para el papel en el que debería ir impresa. ¿Valorarían ustedes un cuadro que no valga ni lo que vale el lienzo en el que pintarlo? Yo no.
       Todo esto está íntimamente ligado con la tercera razón por la que no publico ebuques.
 
3. COMPROMISO DEL LECTOR
Hace no mucho escuché el director Quentin Tarantino en una entrevista echar pestes de las nuevas formas de distribuir cine y televisión a través de plataformas digitales. Hacía referencia directa a Netflix y parecía muy entristecido con el hecho de que esta nueva forma de consumir cine se haya extendido tan rápidamente. Su argumentación orbitaba alrededor de una idea que me pareció muy interesante: EL COMPROMISO. Según él antes, cuando aún existían los videoclubs, los clientes acudían, tomaban las cajas de los VHS, leían las sinopsis, quizá hablaban con el dependiente, y llevaban a cabo todo este ritual hasta que algo llamaba su atención y finalmente tomaban una cinta para alquilarla. En esa tesitura se producía una elección, una apuesta, un compromiso, una verdadera selección que evidenciaba el firme propósito de ver una película en concreto. Este compromiso, este propósito, este acto de libertad personal, es el que en Netflix, según Tarantino, queda reducido a la nada. En Netflix uno no se compromete con el producto, no lo elige nominalmente, no hay un propósito firme, se trata de un mero acto de descarte. Quizá se vea la película, o quizá no, o quizá sólo se vean 10 minutos y se abandone sin más, sin darle una oportunidad real a hacerse valer. En cierto modo, al consumir maquinalmente, se rebaja la calidad del producto, se degrada, se transforma en fast food. Hace no tantos años, cuando a uno le gustaba una serie, o una película, tenía que atender a su horario de emisión en televisión, asegurarse de poder estar frente al televisor un día concreto a una hora concreta. Existía un propósito, un interés real hacia algo. En la actualidad eso ya no ocurre. El cine se masca en entretiempo, a trocitos, con los sobrantes de decisión que descartamos.
 
Declaraciones de Quentin Tarantino
 
       Creo firmemente en esta idea del COMPROMISO por parte del espectador o, en mi caso, del lector. Los escritores de ebuques, en realidad, sólo atraen a lectores que no están dispuestos a comprometerse con la obra, que no tienen un verdadero propósito de valorarla apriorísticamente, que no establecen ningún tipo de vínculo personal, táctil, vibrátil hacia el libro, que lo minusvaloran transformándolo en un fichero, algo desechable, perentorio, algo que se podría querer abandonar rápido y por lo que no merece la pena apostar. Por lo tanto. ¿Sirve el ebuc realmente para atraer a lectores? En mi opinión, no del todo. De ser así, sólo sirve para atraer lectores carentes de compromiso, id est, lectores de baja calidad, lectores que jamás le recomendarán la obra a un amigo o a un familiar. Todo esto está íntimamente ligado con la cuarta razón por la que no publico ebuques.
 
4. LOS LECTORES DE EBUQUES
Esto es una apreciación muy subjetiva y particular por mi parte. Es posible que esté equivocada y no tengo modo alguno de mensurar su grado de veracidad. Lo digo de antemano. Soy de la convicción de que los lectores de ebuques leen muy poco y leen, sobre todo, muy mala literatura. Al menos así es en mi círculo social.
       Supongo que habrá excepciones, por supuesto, pero creo que no me equivoco demasiado si aseguro que es así en la generalidad de los casos.
 
5. PIRATERÍA
En el momento en el que se publica en formato ebuc, éste es fácilmente pirateable. Sin embargo si se publica sólo en papel, para poder ser pirateado alguien tendrá que tomarse la molestia en escanearlo. Seguramente el resultado final no será demasiado bueno, lo que nuevamente aumenta el valor del libro.
 
 

Comentarios

Hay un comentario para esta entrada
  1. shurmano 21 julio, 2018 22:55

    Estoy de acuerdo en casi todo, menos en el punto 4…

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