Patria, de Fernando Aramburu


No todo está perdido. Le pese a quien le pese, en ocasiones se entregan los premios literarios a los autores más merecedores de ellos, las editoriales hacen gala de auténtico buen gusto y son precisamente las mejores novelas las que más éxitos aglutinan. Acabo de concluir la lectura de Patria, de Fernando Aramburu, la novela de moda el pasado 2017, galardonada con el Premio Nacional de Narrativa y elogiada por el jurado del Umbral y por no sé quién más. ¿El Primavera de Literatura? No importa. Lo que es necesario dejar claro es que se trata de una magnífica novela por dos razones fundamentales. La primera es que está magistralmente bien escrita. La prosa de Aramburu es soberbia, llena de músculo, tensión, y atino estético. Su estilo está concienzudamente depurado. En su técnica prosística Aramburu arriesga, es cierto, y realiza experimentos metalingüísticos de esos que la mayor parte de lectores rechazan por ser poco ortodoxos; todo el texto está salteado con oraciones que desafían las reglas más básicas de la sintaxis y la gramática, pero que nadie se equivoque: no se trata de desidia verbal ni tampoco de una chapuza. Todo lo contrario. Aramburu sabe muy bien lo que hace y con toda esa transgresión lingüística (realizada tras el conocimiento y con perfecto dominio de los rudimentos del idioma, no debida a la ignorancia o la abulia) consigue afilar el bisturí de la introspección psicológica hasta un punto que, por momentos, deslumbra y aturde. Si algo puede decirse del autor es que maneja el verbo con una finura y una elegancia difícil de ver en los tiempos que corren. Si Aramburu rompe algunas reglas de lo convencional es porque conoce esas reglas y cómo saltárselas con gracejo y fundamento.
       Para que esta recensión no resulte opaca intentaré exponer alguna que otra característica de la anómala prosa de Aramburu. Por ejemplo, en ocasiones resulta infructuoso intentar discernir si está escrita en primera o tercera persona. Un poco las dos cosas al mismo tiempo. No me refiero a una mera alternancia entre una persona y otra (un capítulo en primera, otro en tercera, y así; eso ya está muy visto). Lo que Aramburu hace es cocer dos (o más) voces narrativas en un único discurso que, lejos de resultar descacharrante, consigue multiplicar su elocuencia. ¿Por qué? Porque no se trata de un mero alarde técnico, ni de un artificio verbal, ni tampoco de un aspaviento lingüístico, sino que este recurso está puesto, siempre y en todo momento, al servicio de la narración. Aramburu no se deja llevar por caprichos o por ansias de notoriedad. Patria es una novela coral en la que todos y cada uno de los personajes ha sido tratado con exquisito mimo. Elevar la voz de cualquiera de ellos sobre la de los demás hubiera dado como resultado algo grotesco y, en mi opinión, devenido en un gran desequilibrio interno. En este contexto debe subrayarse que la atípica elección de voz(ces) narrativas de Aramburu no sólo supone un gran acierto sino que, además, revela una gran ambición. No me he encontrado con un prosista conformista, desde luego; lo que él sostiene durante cientos de páginas es muy difícil de concebir y más aún de redactar. Considero que este es uno de los mejores halagos que pueden hacérsele a un escritor: es estéticamente ambicioso. Por favor, que no cunda el pánico. Aramburu no es difícil de leer. Al contrario, resulta profundamente ameno. Lo que quiero decir es que, si usted lo lee, no se encontrará con uno de esos escritores que descuidan sus formas, que escriben como hablan, o que aspiran meramente a que alguien adapte sus historietas al cine. Aramburu es algo más y pertenece a una tradición literaria mucho más robusta, honda y seria. Aramburu es un ESCRITOR, en mayúsculas, y no un mero cuentacuentos o juntaletras.
       Todo esto debería ser más que suficiente para ir corriendo a la librería más cercana a por el tocho que es así de gordo, pero hete aquí que en su forma no reside lo único que esta magnífica novela ofrece. Resulta que es un libro profundamente conmovedor. Por pasajes, desgarrador. ¿Por qué? Sospecho que por distintas razones, pero la más fundamental de todas tiene que ver con el hecho de que el autor es un gran observador de la realidad. No se puede escribir nada emocionante si no se es un amante del matiz, de la sutileza y del detalle. Aramburu lo es y esta es, sin duda, una de las mejores facultades que puede tener un escritor. El escritor que no sabe ver las diferencias entre una banana y una banana ni es escritor, ni tiene sensibilidad, ni capacidad para hacer juicios morales (o para dejar de hacerlos), ni nada de nada, concho.
       Me gusta leer en cafeterías. No son pocas las ocasiones en las que, leyéndolo, el camarero me ha mirado con cara rara por echarme a llorar ahí mismo en la barra.
       —¿Le ocurre algo, señorita? ¿Está usted bien?
       —Sí, sí, descuide. ¿Cuánto le debo del café?
       —No se preocupe. Invita la casa.
       Conque: en mi opinión nos encontramos ante un autor mayor de las letras españolas y ante una de las novelas más gratificantes de leer de los últimos años. Además si hace usted como yo es posible que consiga algún que otro café gratis. El tocho (600 y pico maravillosas páginas) vale todos y cada uno de los veinte euros que cobran por él en las librerías comerciales. Mi más sincera recomendación es que lo compre y lo disfrute. Adquirirá una joya literaria que hará muy bonito en su estantería y que posiblemente deje una profunda impronta en su conciencia.
       He leído por ahí que la HBO ya tiene prevista una adaptación en forma de película, o serial. Por desgracia hoy en día ya casi nadie respeta los hallazgos literarios. Supongo que cuando emitan la película (o la serie), si es un éxito, esta reseña adquirirá una significación de la que ahora carece.
       ¡Ah! ¿Que de qué trata el libro? Eso es lo de menos. Disculpe si no lo consigno. Los de ediciones Tusquets ya hacen una síntesis en la contraportada. No es necesario que yo lo repita.
 
 
 

Comentarios

Hay 4 comentarios para esta entrada
  1. D-503 10 febrero, 2018 17:58

    Como lea esto Fernando Aramburu tendrá que pagarte algo por la publicidad gratis…

  2. Viruela
    Viruela 11 febrero, 2018 12:06

    No sé si fue Nabokov quien dijo que buen un escritor ha de ser un gran encantador con mucha capacidad de persuasión. Lo anterior lo tienes, Lázara. La verdad es que dan ganas de comprarse el libro.

  3. Plasmatron-7 25 febrero, 2018 21:31

    Gracias por la reseña. Tenía dudas sobre si comprarlo o no. Ahora ya no las tengo.

  4. Jorge Urreta 31 octubre, 2018 11:01

    No podría estar más de acuerdo. Me hace cierta gracia la gente que dice que está mal escrito, por los cambios de voz narrativa que hace, o la forma (magristral en mi opinión) de cambiar entre primera y tercera persona. Yo reconozco que no sería capaz de semejante virtuosismo, y la verdad es que no se me ocurriría enmendar la plana a un filólogo (porque sí, señoras y señores, el señor Aramburu es licenciado en filología hispánica, no un minundi cualquiera).

    Maravilla técnica y narrativa, que todo el mundo debería leer, por una u otra razón. Por desgracia, algunos solo se quedarán en la superficie del argumento y en la discusión política, pero eso ya es harina de otro costal. Y, por cierto, Fernando (me permito llamarle por su nombre de pila, que he compartido palabras con él en persona) tiene unos cuantos libros anteriores. Menos conocidos, pero no por ello peores.

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