Entrevista en La boca del libro


P.- ¿De qué trata El menstruador, Lázara?
R.- Trata sobre la adversidad a la que tienen que enfrentarse los varones hoy en día, sobre la misandria, sobre una tiranía sorda, pero implacable, a la que nos hemos acostumbrado tanto que muchos ya no pueden ni percibir, ni conceptualizar. Sé que esta respuesta puede parecer esquiva, o vaga. A menudo siento que cuando me hacen esta pregunta la gente espera que haga una síntesis muy cortita de la trama argumental, pero creo que hacer eso sería una forma de reduccionismo. Todo el mundo encontraría desacertado decir que el Quijote trata sólo sobre un loco que se lanza a los montes en busca de aventuras. El Quijote trata sobre todo menos sobre eso. Sería igualmente ligero decir que Moby Dick trata sobre la caza de una ballena, o que, no sé, Ulises trata sobre un hombre que pasea por Dublín, o que El Retrato de Dorian Gray trata sobre un cuadro mágico. No encuentro justo el hacer eso con mi propio libro, prefiero que sean otros los que lo hagan. Cuando hago reseñas de libros no suelo decir ni una sola palabra sobre su argumento. Prefiero centrarme en cuestiones literarias que en cuestiones argumentales. En realidad, en una novela, lo menos importante es su argumento. Lo decisorio es la literatura que haya o no dentro de ella. De hecho creo que si lo único que se puede decir sobre una novela es relativo a sus teselas argumentales, posiblemente es que es muy mala. Por otro lado creo que es bueno que el lector se enfrente virgen a la lectura o, al menos, sin una idea demasiado definida sobre lo que está a punto de leer. Las sinopsis no sólo suelen ser reduccionistas… también suelen condicionar al lector en la dirección equivocada.
 
 
P.- Confieso que el título me crea confusión, ¿podrías explicarnos qué se esconde detrás de un hombre que menstrúa?
R.- Naturalmente es algo metafórico. No se trata de una novela sobre asquerosidades biológicas ni sobre aberraciones anatómicas. El menstruador es la voz narrativa de la novela y es, básicamente, la alegoría en la que transmuta el protagonista tras enfrentarse a la sinrazón, la barbarie y la crueldad de una sociedad que parece encontrarse cómoda en la locura. En cualquier caso la novela se titula así, sobre todo, para provocar, para irritar, para llamar la atención, por puro afán de estridencia, para suscitar en cierto tipo de lectores (aquellos que no se escandalizan fácilmente) la curiosidad… Flaco favor me hago aportando una explicación sobre el título. Como decía antes, creo que es bueno que el lector se enfrente virgen a la lectura.
 

Una novela que no te obliga a pensar las cosas
de otra manera distinta a la habitual,
sencillamente no me interesa.

 
 
P.- Feminismo radical, segregación sexual, ¿cómo abordas estos temas espinosos?
R.- Pues de forma directa, sin ambages, obligando al lector a planteárselos desde una perspectiva disidente, alejada de los postulados fundamentalistas en los que todos hemos sido adoctrinados. En esencia pongo en tela de juicio todas las premisas sociales, psicológicas, políticas, judiciales e incluso antropológicas que hoy en día se consideran indiscutibles. Voy a por todas, pero no como elefante en la cacharrería, sino diseccionando todas y cada una de las creencias en las que la sociedad ha depositado ciegamente su fe.
       »Pienso que es condición sine qua non para una novela el hacer partícipe a sus lectores de un racionalismo divergente. Esto es válido para todas las grandes obras que me han estimulado. En caso contrario, en el caso de novelas que se conforman con desplegar unos hechos más o menos anecdóticos, más o menos particulares, no se trata de una novela profunda, sino de una mera narración, una crónica, un cuento, una reseña periodística. Una novela que simplemente fotografía unos sucesos y los expone como si fueran un filete en la carnicería, no es una novela profunda, sólo es una historieta. Una novela que no te obliga a pensar las cosas de otra manera distinta a la habitual, sencillamente no me interesa.
 
 
P.- Hablas de que la defenestración del varón en la era postfeminista es el núcleo sobre el que orbita tu novela ensayística. ¿Nos podrías ampliar esta idea?
R.- Claro, aunque no soy yo quien habla así. Esa expresión proviene del texto de la contraportada, que no escribí yo. Cada vez son más personas las que rechazan, en su totalidad o en parte, el discurso feminista, por considerar que está basado en falsedades y tergiversaciones. Las personas que son capaces de cierta capacidad crítica observan el mundo y encuentran que hay algo que no encaja. Un par de pequeños ejemplos típicos: la tasa de suicidios masculina es varios órdenes de magnitud superior a la femenina. Si la mujer estuviera tan oprimida, ¿no debería suicidarse mucho más? La mujer tiene una esperanza de vida mayor que la del hombre, varios años mayor. ¿No es esto una contradicción? Es como si los esclavos negros de la Alabama del siglo XVIII vivieran más que los patrones y terratenientes blancos y además se suicidaran mucho menos que ellos, o como si los judíos de la Alemania nazi vivieran más que los Herren alemanes. Algo no cuadra con la narrativa feminista. De ahí que se haga necesario un análisis crítico, aunque esto suponga lacerar alguna que otra conciencia o pisotear alguna que otra sensibilidad.
 
 

Algo no cuadra con
la narrativa feminista.

 
 
P.- Háblanos del protagonista de tu libro y qué le impulsa a contarnos su historia.
R.- El protagonista de El menstruador es un ser en muchos sentidos despreciable, aunque en otros admirable. No es ningún santo, aunque tampoco un villano. Es un loco, pero con un grado de racionalismo que obliga a tomarle en serio. Es un hombre con algunas pocas virtudes, pero sujeto a debilidades e inclinaciones indecorosas. De no sucederle lo que le sucede a lo largo de la novela, de no pasar por todas las vicisitudes que se describen a lo largo de las páginas, seguramente sería un hombre que jamás hubiera escrito una línea. El menstruador es un hombre que se ha quedado solo con su verdad y se siente impelido a redactar su epopeya para evitar que la verdad sobre todo aquello de lo que fue testigo no muera con él. El menstruador es, en resumen, un hombre que hace algo herético… buscar respuestas a los sinsentidos de la sociedad que le envuelve.
 
 
P.- ¿Cómo es la España que se refleja en El menstruador?
R.- La España que se refleja en El menstruador es la España actual o, mejor dicho, la cara oculta de la España actual.
 
 
P.- Hablas de la sexualidad contemporánea, ¿cómo la definirías en la actualidad?
R.- No sé si me atrevería a definirla, pero sí que me atrevo a describirla. En mi opinión las relaciones intersexuales están completamente emponzoñadas, el ambiente está enrarecido, el ritual de seducción se ha convertido en una lucha de egos, la relación amorosa se ha convertido en una batalla inasumible. Entre internet, la pornografía, el feminismo, y la crispación generalizada es prácticamente imposible disfrutar del cortejo, del sexo, del amor… Ahora, en la alcoba, ya no se reúnen hombre y mujer, sino hombre, mujer, y Estado. Antes, hace no tantos años, una mujer elegía a su príncipe azul entre los 15 o 20 chicos del barrio, o del instituto, o del trabajo, o de la universidad, o de su círculo social. Ahora elige entre los 15.000 o 20.000 babosos que tiene en el WhatsApp, o en el Facebook, o en el Tinder, o en lo que sea… Los observa como si fueran un catálogo del IKEA, pasando páginas sin prácticamente observarles. Los chicos, igual. Antes ellos elegían a su princesa azul entre las 15 o 20 chicas del barrio, o del instituto, o de la universidad, etcétera. Ahora ya no, ahora viven completamente bombardeados con imágenes de mujeres pluscuamperfectas que les prometen una orgía continua. El resultado es que ya nadie tiene paciencia con nadie, al mínimo problema surge el conflicto, la decepción, la frustración. Ya nadie valora a nadie, ya nadie lucha verdaderamente por nadie. Todo es ninguneo, expectativas no cumplidas, amenazas, ultimátum, condiciones.
       »Las relaciones intersexuales y, por extensión, las relaciones interpersonales, han sido completamente degradadas. Como esta degradación ha sido paulatina, y no súbita, nadie parece haberse dado cuenta, pero aquellas personas sensibles y con cierta edad podrán recordar claramente cómo eran las cosas cuando hombres y mujeres eran compañeros, y no contrincantes.
 
 

Entre internet, la pornografía, el feminismo
y la crispación generalizada
es prácticamente imposible disfrutar del cortejo,
del sexo, del amor…

 
 
P.- Cuando en el año 2184, cuando alguien lea tu libro y se dé cuenta de cómo era la sociedad en la primera década del siglo XXI, ¿qué se responderá?
R.- Creo que en el 2184 mi libro estará completamente prohibido, censurado, anatemizado. Nadie podrá leerlo y se castigará severamente a todo aquel que aún posea un ejemplar. Creo que la mentira se instaurará y se convertirá en la verdad oficial que nadie podrá poner en duda.
 
 
P.- 734 páginas, 370.000 palabras, ¿cómo te has sentido al terminarla?
R.- Liberada. Estaba ya hasta las narices. Nunca más volveré a escribir un libro tan largo. Algo que he aprendido con esta novela es que la relación entre el esfuerzo y el número de palabras no es proporcional, no es lineal. Un libro de 400 páginas no cuesta el doble de trabajo que uno de 200, cuesta ocho veces más. El esfuerzo crece de forma exponencial a la longitud del texto.
 
 
P.- Afirmas que no crees en el contacto directo entre el escritor y el lector. Sorprende que una escritora no tenga redes sociales, ¿por qué has optado por la invisibilidad?
R.- ¿Sorprende? Hay muchos escritores, algunos de ellos muy famosos, que no pierden el tiempo en redes sociales. Lo que tienen que decir, lo escriben y cobran por ello. De hecho, hay mucha gente que no participa en ese laissez faire de las redes sociales y no creo que sean invisibles. Más bien creo que los que hacen uso de las redes sociales están ciegos y no los ven. Consideran que sólo existe aquello que se mueve en su móvil, lo cual es una perspectiva del mundo muy reduccionista. Si miraran a su alrededor, seguramente descubrirían a mucha gente «invisible», pero como están ciegos, absortos con su pantalla, no los ven. Yo no diría que he optado por la invisibilidad. Más bien diría que opto por la privacidad. Creo que hay enormes diferencias entre vender un libro y venderme a mí misma. De hecho, creo que no es del todo compatible una cosa con la otra.
       »Hoy en día se espera de muchos artistas que, aparte de su obra, regalen su intimidad, su privacidad, que la expongan para que las masas puedan escupir sobre ellas. Los que participan de ese juego suelen acabar muy mal de los nervios. Cuando Isabel Pantoja airea su privacidad, cobra por ello. Y no poco. Seguro que le dan miles de euros por cada exclusiva. ¿Por qué razón se espera de mí que yo lo haga gratis? ¿Es que acaso mi vida privada no vale nada? ¿Es que acaso mi tiempo no vale nada? ¿Quién ha dicho que estoy obligada a responder todas las sandeces que podrían llegar a escribirme por Twitter? Mi tiempo vale algo, al menos para mí. Mi privacidad es importante, sagrada, al menos para mí, y no quiero que entre en ella nadie que no haya sido invitado. No soy invisible. Soy reservada.
 
 

Yo no diría que he optado
por la invisibilidad.
Más bien diría que opto
por la privacidad.

 
 
P.- Cuéntanos tu experiencia con la autopublicación, ¿volverías a repetir?
R.- Volveré a repetir, sin duda. Estoy muy contenta, la verdad. Disfruto mucho de tener total libertad para hacer y deshacer a mi antojo, de tener el control absoluto de todo lo relativo a mi obra. Lo cierto es que siempre tuve claro que iba a autopublicarme, siempre supe que una novela como la mía, tan excesivamente larga y tan marcadamente cáustica, jamás recibiría el Nihil Obstat y el imprimátur. De hecho, ni siquiera he perdido el tiempo enviándosela a editoriales. ¿Para qué? ¿Para esperar meses y meses hasta que se la lean y me digan que no? ¿Para que me digan que sí sólo para sacarme el dinero?
 
 
P.- Háblanos un poco de las editoriales.
R.- Esta novela no está destinada a vender mucho, y eso es algo que ninguna editorial podría cambiar, así que, para eso, para cederle a una editorial todo lo que exigen, y a cambio de nada, prefiero ser mi propia jefa y además así quedarme con todos los beneficios que pudiera dar el animal. Las editoriales, la mayoría, viven en el siglo XIX. Tienen que empezar a adaptarse, tal y como ha hecho la industria cinematográfica y la industria discográfica. Las costumbres editoriales son completamente anacrónicas. Muy resumidamente lo que le proponen al autor es lo siguiente: «Si las cosas salen mal, tú te comes el marrón. Si salen bien, nosotros nos quedamos con los beneficios». Hasta donde yo sé, en el mundo capitalista, el que asume los riesgos se queda con los beneficios. Sin embargo en el mundo editorial las cosas son al revés. ¿Por qué? Ya no hay apenas buenos editores de libros, lo que hay es mercaderes de la letra. Exigen muchísimo más de lo que aportan. Me dan mucha pena los autores que van por ahí todo felices porque alguien «les ha publicado». Claro… ¿qué van a decir? ¿Que les han estafado? No pueden permitirse el reconocerlo o reconocérselo, claro. Está muy mal eso de jugar con las ilusiones de los autores, sí, pero hasta cierto punto se lo merecen, por ingenuos, aunque también es verdad que no todo el mundo vale para autopublicarse y muchos necesitan que algún sello editorial les lleve de la manita para todo. Yo tengo un carácter resuelto, y no tengo problemas en ir a una imprenta, pedir presupuesto, ir a una librería, dejar mi libro en depósito… Hay gente, sobre todo joven, que no tiene esa soltura en la vida, y necesita que le tutelen. En fin, es un tema que se puede abordar desde muchas perspectivas. En mi caso particular, la autopublicación es la mejor opción. Así hago lo que me da la gana.
       »Como curiosidad le comento que unos pocos días antes de ponerla a la venta, una editorial (que dicen que es seria), tras leerse un pequeño extracto de unas pocas páginas, se mostró potencialmente interesada. Sin embargo, cuando supieron de su extensión (370.000 palabras) ya empezaron a asegurar que sería imposible porque eso es muy largo. Imagínese. Son una editorial y ni siquiera saben diferenciar entre una novela larga y una novela demasiado larga. Sin haberla leído ya creían que era, sí o sí, lo segundo. Me dio igual, porque yo ya lo tenía todo preparado eo ipso, pero me pareció sintomático de la enorme estulticia del mercado editorial. Lo de las editoriales merece la pena para autores consagrados. Si no, es mejor conservar toda la libertad.
 
 

Las editoriales, la mayoría,
viven en el siglo XIX.
Tienen que empezar a adaptarse.

 
 
P.- Tu primera novela, Cuando éramos abogás (2014), fue una obra de aprendizaje, ¿en qué has cambiado en El menstruador?
R.- Sobre todo en inconformismo. Cuando éramos abogás es una obra excesivamente autocomplaciente, poco consciente de sí misma, demasiado indulgente consigo misma, con demasiadas concesiones a lo que yo consideraba que querían los lectores. Por eso, a día de hoy, me avergüenza leerla. He tenido lectores que me dicen que les gusta mucho más que El menstruador, y me alegro por ellos, pero creo que su criterio está basado en la comodidad. Cuando éramos abogás no es una obra que exija un sobresfuerzo al lector, que le plantee retos intelectuales, estéticos o conceptuales. El menstruador sí lo es. La primera no atacaba a la inteligencia del lector, la segunda sí lo hace, y eso, me consta, puede llegar a molestar o a irritar a muchas personas. Mi primera novela es, en el fondo, una obra dulce, agradable, que intenta no ser estridente, no romper ningún plato, no molestar… y lo consigue, pero a un precio demasiado alto, el precio de no ser capaz zozobrar el ánimo. Si una obra, ya de entrada, no aspira a remover los interiores del lector… ¿para qué sirve?
 
 

Si una obra, ya de entrada,
no aspira a remover los interiores
del lector… ¿para qué sirve?

 
 
 
P.- ¿Cómo definirías el proceso de creación?
R.- Rutina, sistema, obcecación, obsesión. No creo que la inspiración entre por la ventana en forma de paloma. La única forma de escribir de manera concluyente es tomárselo en serio y escribir todos los días, todo lo que se pueda. Hay días en los que se escribe más, otros menos, algunos mejor, otros peor, es natural, pero sólo se consigue avanzar y terminar lo empezado si se trabaja con marcialidad, con regularidad, con un plan, con una ruta, con una misión clara. Los que dependen de la inspiración, están muy jodidos.
 
 
P.- ¿Por qué opinas, tal y como he leído en tu web, que un libro publicado es un libro muerto?
R.- Porque ya no cambiará. Ya es el que es. Mientras se está escribiendo, es algo vivo, palpitante, que respira, que crece, que tiene dudas, que sangra, que muta. Una vez publicado está petrificado, grabado, como con petroglifos. Ya no crecerá más, ni cambiará, ni le saldrán extremidades aquí o allá, ya pertenece a la Historia, o al olvido, o a los lectores… Concluir un libro es fijarlo en el tiempo, como cuando un entomólogo pincha con un alfiler a una hermosa mariposa.
 
 
P.- Recomiéndanos un libro (novela o ensayo) que aborde el tema del feminismo desde una perspectiva en la que te sientas realmente cómoda.
R.- Novelas, a mí me gustan bastante las novelas de Houellebecq. Aunque no coincido en todos sus puntos de vista (o en todos los puntos de vista de los protagonistas de sus novelas), sí creo que, en términos generales, hacen una lectura bastante acertada tanto del feminismo como de la sexualidad contemporánea. Especialmente me gustó su novela Plataforma, que trata también sobre un tema tabú: el turismo sexual.
       »Por otro lado, aunque no es realmente un ensayo, sino una obra documental, no muy bien escrita pero sí profundamente exhaustiva, me siento muy alineada con el análisis que realiza José Díaz Herrera en El varón castrado. Por citar algo escrito por mujeres, creo que es profética la obra ensayística de Esther Vilar El varón domado y, por extensión, las otras dos que componen su trilogía machista: Modelo para un nuevo machismo y El varón polígamo. Puede que en algunos sentidos hayan quedado obsoletas, o que la realidad las haya superado, pero creo que son una muy buena iniciación en la disidencia.
 
 
 
 
 
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