El menstruador en librería Re-Read (o el discreto encanto de los libros usados)

No leo muchas novedades literarias, por diversas razones. La primera de ellas es porque muy pocas me llaman la atención, la segunda tiene que ver con el hecho de que hay una inconmensurable cantidad de libros antiguos que aún no he leído y que deseo leer. Una vida no da para leer sino una ínfima cantidad de libros, por lo que hay que ir a lo seguro. Esta segunda razón es la que me lleva a no creer en los expertos en literatura; no hay expertos en literatura porque la literatura es un ámbito del conocimiento demasiado vasto como para permitir un acercamiento a él que sea al mismo tiempo global y profundo. Se puede ser experto en literatura del siglo XX, pero entonces se desconocerá la literatura del Siglo de Oro. Puede una persona hacerse experta en poesía, pero entonces sabrá poco de prosa, se puede hacer experta en literatura francesa, pero entonces sabrá poco de literatura rusa. Se puede llegar a conocer bien la literatura del XIX (¡qué bien se escribía en el siglo XIX!), pero entonces se sabrá poco, o nada, de literatura medieval. Se puede tener un conocimiento somero, superficial, de toda la literatura universal, sí, pero entonces, claro, no se será un experto, un conocedor profundo, de la literatura. Ya lo sabe usted: si se cruza con un experto en literatura, se encuentra usted delante de un farsante, o un esnob, o un iluso.
       La tercera razón por la que apenas leo novedades literarias tiene que ver con el valor de los libros (valor, no precio; me consta que, hoy en día, la sociedad tiene serias dificultades a la hora de diferenciar una cosa de la otra). Las novedades literarias tienden a ser, por lógica mercantil, más caros (precio) pero, sin embargo, desde cierto punto de vista, son los libros menos valiosos (valor). Mucha gente considera que los libros son un objeto manufacturado de papel, algo barato, folletinesco, casi basura, pero están equivocados. Los libros son un objeto de lujo muy especial, diferente por muchas razones a otros objetos de lujo. Ya he comentado con anterioridad que uno de los pesares más amargos de mi vida es precisamente el no poder reunir todos mis libros en una única estantería. Mi tesoro literario está esparcido. Unos libros aquí, otros allá en cajas, unos en tal casa, otros en tal otra. Debido a haberme movido mucho por el mundo y a haber cambiado de residencia al menos una vez cada lustro, me ha resultado imposible, por razones logísticas o por razones de espacio, el poder tenerlos todos reunidos, ahí, expuestos, verticales, de puntillas, alzados sobre sí mismos, proclamando su propia existencia como guerreros de terracota. El día que consiga tener todos mis libros juntos, marcialmente dispuestos, el día que pueda gozar de mi propio museo del libro en mi propio hogar, será uno de los más felices de mi vida.
       Hete aquí que mis libros no son solamente lo que hay impreso en ellos. Aparte de la historia que se encuentra en su interior, cada uno de ellos tiene sobreimpresa otra historia en su exterior. El auténtico valor (no precio) del libro reviste de cierta naturaleza arqueológica. Cuando un libro comienza su singladura vital, cuando emprende su vuelo, van sedimentando sobre él otras historias que lo envuelven: la historia de cómo y dónde y por qué fue adquirido, el impulso que motivó a un alma humana a cogerlo entre sus manos y abrirlo, la historia de donde fue leído por primera vez, la historia de donde fue perdido, o rechazado, o recomendado, o abandonado, o incluso deshojados. La dedicatoria que hizo el autor en la feria, o la que hizo la persona que lo regaló a la persona que se lo regaló, o el sello de la librería en donde estuvo, o las anotaciones en los márgenes que quiso añadir alguien, o las frases que alguien subrayó, o las esquinitas de algunas páginas que alguien dobló a modo de marcapáginas, o la mancha de café con la que quedaron tatuadas algunas páginas, o los restos de ceniza que algún lector fumador no retiró, o el ticket de la compra o el billete de tren o la carta de amor que alguien insertó entre sus páginas, o el precio (en pesetas) que el librero escribió en su contraportada… Toda esta pátina histórica de los libros leídos, vividos, experimentados, incrementa su valor (no precio) hasta un punto esplendoroso. En un libro hay dos viajes, el que se desglosa a través de su interior, y el que revela su exterior. En muchas ocasiones es difícil discernir cuál de los dos es más apasionante o rico en matices. El viaje exterior de un libro, a través de los países, a través del tiempo, a través de las manos, a través de las miradas que recursivamente lo vivifican, se evidencia en el color sepia que adquieren sus hojas (las hojas de los libros nuevos resplandecen, lavadas químicamente, libres de historia), en la arruga de sus lomos (los lomos de los libros nuevos son lisos, vírgenes, y apuntan, sobre todo, a la idea de hermetismo), en los desconchones de sus esquinas, en el olor que haya adquirido el ejemplar a lo largo de los años, o las décadas. Los libros viejos huelen bien, huelen a trascendencia, a permanencia. Los ebuques no huelen a nada.
       Así, un libro viejo vale más que uno nuevo por el hecho de ya haber sido vivido, practicado, vivificado, de haber expandido su vida en la mirada de aquellos que lo leyeron. Un autor sólo escribe la mitad de un libro, la otra mitad la escribe el lector con su mirada, con su alma, que le insufla el complemento vital que le falta. Quisiera poner la analogía del vino (mejor cuanto más viejo), pero me niego a ello porque me parecería desacertado. El vino es mejor cuanto más viejo por una simple cuestión de exclusividad. Una vez consumido, el vino desaparece. Con el libro no ocurre exactamente lo mismo, un libro leído y releído no es, de hecho, cada vez más exclusivo, sino cada vez más inclusivo, más grande, más extenso, más garantista, y, desde luego, no desaparece, como el vino. No se puede consumir un libro, sólo se puede asimilar, o ser asimilado por él. Un libro leído y releído, con el correr de los años, a través de un acto de metempsicosis, incluye fragmentos de las vidas de todas las personas que le prestaron su atención.
       Así, resumiendo, puede decirse que la tercera razón por la que apenas compro novedades literarias, ni tampoco libros nuevos, es porque estoy subyugada al discreto encanto de los libros de segunda mano. Existen hoy en día muchas plataformas que los ofrecen y no es difícil encontrar los grandes clásicos de la literatura por apenas unos pocos euros. Lo único que hay que hacer para adquirirlos es buscar en librerías (físicas u online), en lugar de centrarse en Amazon. Fácil y sencillo. Los libros más valiosos, son los más baratos.
       Recientemente, paseando por Zaragoza, encontré una librería que llamó mi atención y que encontré deliciosamente encantadora: Librería Re-Read, sita en el Paseo de Fernando el Católico 58. Se trata de una franquicia, por lo que, informo, existen librerías Re-Read en multitud de ciudades de la geografía española (solamente en Zaragoza hay dos). Se dedican, esencialmente, a darles una oportunidad a libros ya leídos, ya vividos, a ayudar a todos esos libros revalorizados, henchidos de experiencia, a encontrar el lector que sepa valorarlos y atesorarlos. Están montadas con un gusto exquisito y yo personalmente recomiendo que, cuando resulte posible, se acuda allí a comprar libros. Sí, si tiene usted un espíritu culturalmente aristocrático, si su alma no está lastrada por la frivolidad de los bienes de consumo, entonces Lázara Blázquez Noeno le recomienda acudir a las librerías librerías Re-Read, en donde podrá pasar usted un rato la mar de agradable y, posiblemente, encontrar alguna que otra joya con la que amueblar su mundo interior.
       Por supuesto en seguida quise establecer contacto (la chica que me atendió allí es, a su vez, la mar de agradable y encantadora) y colaboración con ellos y aprovecho para anunciar que El menstruador ya se encuentra disponible en una de las librerías Re-Read. Ahora mismo no dispongo de más ejemplares, pero está previsto hacer una nueva impresión a comienzos del próximo año 2019 y espero que pueda ser distribuida por más librerías Re-Read. Avisaré debidamente en el blog cuando eso suceda, si llega a suceder.
 

El menstruador en Librería Re-Read de Fernando el Católico, Zaragoza

 
 
Librería Re-Read
Paseo de Fernando el Católico 58
50009 Zaragoza
Correo electrónico: zaragoza-fec@re-read.com
Teléfono: 876283983
Sitio web: https://www.re-read.com/
Situar en Google Maps
 

 

 

Datos de la otra Librería Re-Read de Zaragoza (allí no está disponible El menstruador, por el momento)

Calle del Coso, 97
50001 Zaragoza
Teléfono: 976 878 159
Correo electrónico: zaragoza-coso@re-read.com
Situar en Google Maps
 
(POSTSCRIPTUM: Obiter dictum, si adquiere usted El menstruador en esta librería, es muy probable que pueda hacerlo a un precio mucho más reducido que por cualquier otra vía…)

 
       

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