Doce españoles sin piedad


Una de las formas más recurrentes de acaparar algo de atención en blogs culturetas es escribir sobre Doce hombres sin piedad. Quien lo hace suele pasar por persona culta y aficionada a las películas en blanco y negro, así como a toda la mercadotecnia vintage, algo que, incongruentemente, se considera una forma de modernidad. No aburriré al lector con otro ensayo (otro más) sobre el mismo tema. Prácticamente todo lo que se puede escribir sobre Doce hombres sin piedad ya ha sido escrito por otras personas y no creo que haya nada nuevo que yo pueda añadir o puntualizar.
       He empezado mal. He asumido que el lector conoce Doce hombres sin piedad (Twelve Angry Men, en el original), la película de 1957 dirigida por Sydney Lumet, pero es posible que no sea así. Si usted, estimado lector, es de esas personas que nunca ha visto esta película, por favor, interrumpa la lectura inmediatamente, búsquela en internet y disfrútela. Después, retome la lectura. Es una obra maestra que le aportará muchísimo más que todo lo que yo pueda contarle. A partir del siguiente párrafo entenderé que usted ha visto la película y que todas las referencias que haré le resultan conocidas.
       Siguiente párrafo: todos conocen Doce hombres sin piedad pero muy pocos saben que existe un remake (refrito, en español) made in Spain del filme. Este refrito se estrenó en 1973 y estuvo dirigido por un tal Gustavo Pérez-Puig (de quien no sé absolutamente nada) y protagonizado por la plana mayor de las artes escénicas españolas de los años 70, entre los que se cuentan Jesús Puente (sí, el de Lo que necesitas es amor), Sancho Gracia (sí, Curro Jiménez), José María Rodero (sí, mi actor favorito), José Bódalo, Manuel Alexandre (ese actor de rostro tristísimo que parecía muy mayor incluso cuando era muy joven) o Rafael Alonso.
       Que quede claro. A mí lo que me gusta es el cine yanqui, como a todo el mundo. No suelo ver películas finlandesas con subtítulos, no sé qué es lo que significa realmente la expresión cine de autor, ni creo en el cliché de la necesaria sensibilidad del cine europeo o asiático. Mi impresión es que el cine español actual no goza de muy buena salud. Con la excepción de Álex de la Iglesia no encuentro a ningún cineasta español contemporáneo capaz de arrastrarme a una sala. Empero, en los primeros años 70, antes de que los años de “el destape” devinieran en un laissez faire indigerible, la cultura cinematográfica floreció y se produjeron la mayor parte de grandes películas de la Historia del Cine Español. Es en este marco histórico-cultural tan concreto en el que aparece el Doce hombres sin piedad español o, para soslayar la confusión con la original y si el amable lector me lo permite, a partir de ahora Doce españoles sin piedad.
       Soy la primera persona en mostrarme reticente ante los remakes o refritos. No es ningún secreto que, aunque en ocasiones son necesarios, en la mayor parte de los casos son obras desustanciadas, inanes y que desmerecen a sus predecesoras. No creo que haya nadie que defienda la superioridad estética o narrativa del Psicosis de Gus Van Sant frente al de Hitchcock, del Ben-Hur de 2016 frente al de William Wyler, o del Desafío Total con Colin Farrel frente al de Arnold Schwarzenegger. Se podría añadir a esta lista el refrito de Conan El Bárbaro, el de Robocop, los de Superman, o el Oldboy de Spike Lee. Todas obras que seguramente jamás debieron haberse planteado. En contadísimas ocasiones se consigue revitalizar una historia que, de origen, está ya perfectamente equilibrada y armonizada. Al intentar readaptarla o recrearla es imposible evitar cambios y añadidos que devienen en que las narraciones se degraden. Supongo que por eso se le llama refrito, porque todos sus elementos están quemados y renegridos. Por todo esto hay razones de peso para mostrarse escéptico ante Doce españoles sin piedad, máxime si se tiene en cuenta que no se trata de un remake yanqui de una película yanqui, sino del refrito español de una película yanqui. Vamos, que, en principio, tiene todas las papeletas para ser una basura.
       Yo no escribiría sobre una película-basura (¿para qué?) y lo que pretendo defender a continuación es que Doce españoles sin piedad no sólo es también una obra maestra (tanto como su homónima americana), sino que, además, es superior a ésta, aunque probablemente pueda resultar difícil de creer o digerir.
       Pongámonos en contexto y puntualicemos. En realidad Doce españoles sin piedad no es un mero refrito de la película de 1957, sino que es más bien otra (otra más) adaptación del libro sobre el que se basa esta película, que está escrito por Reginald Rose y que nunca he leído aunque seguramente debería hacerlo. De hecho, ni siquiera a la película de 1957, la de Sydney Lumet, se la debería denominar la película original ya que la antecede una versión televisiva de 1954, de apenas una hora de duración, así como numerosísimas adaptaciones teatrales en todo el mundo. No hay base para asegurar, por lo tanto, que la versión americana revista una mayor autoridad moral sobre la historia que despliega que la española de 1973. Hay que reconocer que ambas películas son muy parecidas, casi miméticas, y que ambas se cuentan entre lo mejor de lo mejor que se haya rodado jamás. Sin embargo existen pequeñas diferencias, sutilezas y matices que hacen de la española una obra más redonda, más perfecta, más profunda incluso. Esas diferencias son las que deseo exponer, empezando por la más formal de todas ellas, la música y todas las consecuencias que de ella se derivan.
       
LA MÚSICA
La versión americana tiene una banda sonora sinfónica (aunque de orquesta sinfónica muy reducida y funcional) muy descriptiva que casi parece diseñada específicamente para no sobresalir demasiado y no distraer al espectador de la trama. Típica música de película, una de esas músicas que uno olvida nada más escucharla, que ha sido colocada más por respeto al canon que por auténtica necesidad narrativa. La música no es mala, simplemente es una música que, en el fondo, es innecesaria. De eliminarla, la mayor parte de espectadores no notaría su ausencia.
       La versión española, por el contrario, tiene una banda sonora psicodélica, a medio camino entre el rock instrumental y el jazz, que ejerce un efecto metanarrativo, distanciador, sobre la narración. Diríase que la música de la versión española está concebida aposteriorísticamente, tras haber intentado resolver el dilema moral que palpita en el corazón del relato, mientras que la de la versión americana cumple una función estrictamente ornamental y está concebida apriorísticamente, como mero acompañamiento emocional. La selección musical realizada en la versión española (no se compuso música original para ella) es una mejor decisión artística ya que acentúa la alegoría central simplemente por el hecho de tenerla presente desde el primer momento. La composición musical americana no se toma esta molestia y aguarda a que sean los meros hechos los que se incardinen en la conciencia del espectador, por lo que no es lo suficientemente metafórica sino que es, en comparación, asquerosamente funcional y predecible.
       Mientras la música española (aun tratándose de música de origen norteamericano, algo que daría para escribir un ensayo aparte centrado en utilería artística del filme) cumple con un cometido concreto y orbita alrededor del núcleo proteico del drama, o sobre él, la americana se oculta hipodérmicamente por debajo de la imagen. Quizá una de las formas más fáciles de comprender estas dos maneras de sonorizar un filme sea remitirse a películas más actuales. Todo el mundo recuerda la música de las películas de Quentin Tarantino pero nadie es capaz de tararear la banda sonora de Los Vengadores, Capitán América, o Batman. Por favor, paciente lector, tómese un instante e intente recordar la música de 50 sombras de Grey, por ejemplo, o de El amanecer del planeta de los simios, o de Spiderman. ¿Puede? ¿No? No me extraña. Intente ahora recordar la música del silbidito de Kill Bill, o la guitarrada gansteriana de Reservoir Dogs, o la escena del baile de John Travolta y Uma Thurman en Pulp Fiction. ¿Puede? Seguramente sí.
       Quentin Tarantino no suele mandar componer música original para sus películas (y cuando lo hace es con compositores de la talla de Ennio Morricone, que saben mejor que bien lo que se hacen), sino que tira de su colección de discos (debe ser un gran melómano) pero, más allá de esta particularidad, Tarantino entiende a la perfección la enorme diferencia que hay entre sonorizar una película por debajo de la imagen a hacerlo por encima. Por eso sus películas están repletas de escenas inolvidables que, sin su música, pierden completamente su sentido y su dasein estético, narrativo y filosófico.
       La escena en la que la música más eleva la calidad de Doce españoles sin piedad sobre Doce hombres sin piedad es la inicial, cuando se presenta a los doce hombres (o doce españoles). Por si acaso el lector no me ha hecho caso y ha seguido leyendo este texto sin haber visto antes el filme debo hacer un inciso para consignar una breve sinopsis. Doce hombres sin piedad (o Doce españoles sin piedad) nos presenta a los doce miembros del jurado de un juicio, los cual deben encerrarse en una sala para deliberar y dictaminar la culpabilidad o inocencia de un chico acusado de parricidio. La decisión que tomen debe ser unánime. Toda la película se desarrolla dentro de esta sala de debate. Fin del inciso. La escena inicial, aquella en la que los doce entran en la habitación es, en la versión española, mucho más épica e interesante simplemente porque suena una música que presenta a esos hombres sin piedad como si fueran cowboys, asaltadores de caminos, o justicieros del lejano oeste, aunque, en realidad, no son sino meros ciudadanos convocados por el juzgado. Resulta interesante pensar que esa escena sea más en la versión española que en la americana. Si esa escena (la de la versión española) perteneciera a una película de Tarantino, sería celebrada como uno de los momentos más vibrantes del cine, más o menos como la famosa escena en la que se presenta a los gánsteres de Reservoir Dogs. El tema que se escucha es el clásico House of the Rising Sun y, si no me equivoco (no lo he comprobado), se trata de una versión tocada por el grupo psicodélico The Doors. No importa. En la versión americana los miembros del jurado entran en la sala sin más, sin ningún tipo de reverberación narrativa. A partir de este momento la superioridad sonora de la versión española se mantiene durante todo el metraje.
       Además, sin salirme del comienzo de la película, hay más diferencias, aparte de las sonoras, que apuntan a un mayor atino artístico en Doce españoles sin piedad y que tienen que ver con el sincretismo de la realización.
       
SINCRETISMO NARRATIVO
       En la película original, antes de que comience el encierro de los doce, Sydney Lumet nos muestra los exteriores del edificio, un brevísimo resumen del juicio al que los doce han asistido durante varios días y un lacrimógeno primer plano del acusado con el que el director pretende conmover al espectador (detalle de folclorismo interesante pero, en el fondo, nauseabundo). En Doce españoles sin piedad, seguramente debido a un menor presupuesto, no se nos muestra nada de todo esto. La española comienza directamente en la asfixiante sala en la que los doce van a pasar las siguientes dos horas. El espectador no llega a ver la sala de juicio, ni al acusado, ni el frontispicio del juzgado.
       Si se entiende esta película como la primera en el género Locked up alive, es decir, ese género de películas en la que un grupo de personas permanece encerrado en una misma localización durante todo el filme, entre las que se podrían contar títulos tan dispares como Cube, Saw, La soga, Locke, El resplandor, Buried o Das Experiment, hay que conceder que la falta de presupuesto ha favorecido y mejorado el sincretismo narrativo de Doce españoles sin piedad muy por encima del de su predecesora, que se toma la licencia de mostrarnos algo del exterior. La española es, bajo este baremo, un poquito más ambiciosa, unívoca y perfecta. A veces las mejores decisiones son precisamente aquellas que se toman cuando no se tiene elección.
       Uno de los elementos que mejor muestra este mayor sincretismo de la versión española y que, a su vez, refuerza el entendimiento de la película como perteneciente al género Locked up alive, es la utilización que se hace del decimotercer hombre, el alguacil del juzgado que encierra a los doce bajo llave y simplemente espera a que terminen de debatir. En la versión americana este decimotercer hombre no cumple ninguna función. Aparece en dos o tres ocasiones cuando el jurado necesita revisar tal o cual prueba del juicio y eso es todo. En la versión española, sin embargo, está constantemente presente en forma de sombra a través de la puerta de salida. El alguacil, en Doce españoles sin piedad, o su mera sombra amenazante, es el cancerbero infernal que, en todo momento, asfixia a los doce y de paso también al espectador, que nos recuerda que no existe una salida cordial al dilema moral planteado y también que hasta que no se alcance una catarsis ética no habrá escapatoria para nadie. Una vez más lo más sencillo se demuestra lo artísticamente más acertado. Creo que esa sombra es una de las mejores actuaciones-sin actor que se hayan concebido jamás.
       Otro elemento que refuerza esta exégesis reside en el tabaco. Antiguamente en las películas se fumaba. En Doce españoles sin piedad se fuma muchísimo más que en Doce hombres sin piedad, lo cual sirve para que la bruma literaria en la que se envuelve la primera sea más densa que en la segunda, convirtiendo la sala de debate en una pequeña sucursal del infierno, algo que redunda en la naturaleza cancerberiana del alguacil que pasa a ser, más bien, el vigilante de las puertas del infierno de Dante. Seguramente muchos creerán que la razón por la que los actores fumen tanto sea meramente sintomática de una falta de sensibilidad, pero yo sospecho que el realizador de Doce españoles sin piedad incluso debió impeler a los doce a que fumasen más allá de lo que naturalmente lo hubieran hecho, sólo con el propósito de que la mugre ambiental llegara a ser percibida por el espectador y que esta le provocara una mayor sensación de asfixia.
       
RENDIMIENTO ACTORAL
He tenido una discusión algo desaforada con el camarero de la cafetería a la que suelo ir a leer cuando he intentado defender que la actuación de los actores españoles es, en varias magnitudes, superior a la de los actores americanos. Soy consciente de que puede parecer gratuito y ligero asegurar que José María Rodero (miembro número 8 del jurado) lo hace mejor que Henry Fonda y, desde luego, entiendo que no mucha gente quiera creerlo. La única forma que existe para demostrarlo es ver la película, evidentemente. Al hacerlo se descubre que Henry Fonda, en el fondo, es mucho más flemático que José María Rodero, y esto puede anotarse en diferentes escenas pero, sobre todas ellas, en la escena de las sillas, aquella en la que se pretende desmontar la declaración de uno de los testigos. Henry Fonda, tras su demostración, da la impresión de vanagloriarse de su propia sagacidad intelectual. Así lo atestigua precisamente la sonrisita socarrona que le dedica a Lee J. Cobb (miembro número 3 del jurado) y que, a la postre, conduce a que éste pierda los nervios y acabe, con su arrebato, anulando uno de los argumentos más importantes de la fiscalía. José María Rodero, durante el paseíllo de las sillas, es perfectamente consciente de que la vida de un hombre depende exclusivamente de la velocidad de su caminar, algo de lo que Henry Fonda, satisfecho de sí mismo y de haberse conocido, parece casi haberse olvidado o no es capaz de transmitir. Rodero, por el contrario, lleva el conflicto consigo, reflejado en su mirada, y consigue dotar a esa escena de una mayor significación. Su silente elocuencia es profundamente conmovedora. Confluye además que mientras Sydney Lumet se centra en un primer plano del calzado de Henry Fonda (algo bastante incomprensible si se tiene en cuenta la nula relevancia moral de un par de zapatos), Gustavo Pérez-Puig le da a la pugna interna de Rodero todo el protagonismo que merece. En la versión americana Henry Fonda se refocila en su ingenio y, conscientemente, provoca a Lee J. Cobb, pero en la versión española no es así. José María Rodero simplemente se aprovecha de la irascibilidad de José Bódalo (número 3), sin que pueda concluirse que le tienda una trampa dialéctica, lo cual es quizá menos épico y acorde a los arquetipos de heroicidad americanos, pero moralmente muchísimo más certero y emotivo.
       Si se compara la actuación del miembro del jurado número 10 (Ismael Merlo-Ed Begley), nuevamente la actuación del español supera, por mucho, a la del americano. Mientras que el primero, con su vibrante claudicación final, consigue que se derrumben los muros sobre los que su personaje asentaba su personalidad, el segundo simplemente se desinfla y se rinde anta la presión de la mayoría, sin experiencia epifánica a la que aferrarse. En la versión española el espectador siente, sin lugar a dudas, que ese personaje ha alcanzado un indiscutible punto de inflexión.
       
CONCLUSIÓN FINAL
Doce hombres sin piedad es una película que admite muchas lecturas y exégesis ya que puede abordarse desde un punto de vista sociológico, psicológico, que saque a colación elementos del comportamiento agéntico de Pilgram, desde el punto de vista de la abogacía, o meramente escénico, o incluso desde el punto de vista de la retórica pero, sobre todo esto, es una película que obliga a todo el que la ve a hacerse una pregunta trascendental, ineludible. ¿Soy un hombre sin piedad? ¿Es usted, estimado lector, un hombre sin piedad? Esto es lo que todo el mundo, privadamente y con humildad, debería cuestionarse. Para poder hacerlo con un mínimo de honestidad desearía invitar al lector a realizar un previo ejercicio mnemotécnico: intentar recordar cuál fue su reacción la última vez que los medios de comunicación le hablaron de algún perverso criminal, de un violador de niñas, un maltratador de mujeres o un pateador de perritos. Estimado lector, esfuércese e intente recordarlo. ¿Cómo reaccionó la última vez que los noticieros, o los titulares de los periódicos, o un vídeo en Youtube, o un comentario en Facebook, le informaron sobre algún malvado criminal? ¿Deseó la muerte de alguien a quien no conocía? ¿Solicitó la pena de muerte para alguien de quien no sabía ni su nombre? ¿Quiso castigar a una persona sólo porque algún periodista interesado en vender periódicos le invitó a ello? ¿Se interesó por los detalles del caso? ¿Dudó en algún momento del criterio de la policía, o de los jueces, o de los que se autodenominaron víctimas? ¿Examinó cada fragmento de información de manera crítica y objetiva? ¿Cuánto tiempo dedicó a estudiar los pormenores del crimen? ¿Escuchó en algún momento la versión del acusado? ¿Participó en el linchamiento público sin considerar que, quizá, se estaba dejando llevar por la turba?
       ¿Es usted realmente un hombre piadoso? Respóndase cada uno a sí mismo después de ver la película.

LBN

       
POSTSCRIPTUM
En la página web de Radiotelevisión Española se puede ver Doce españoles sin piedad. Además esta película también se encuentra alojada en Youtube. A continuación, los enlaces:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/estudio-1/estudio-1-doce-hombres-sin-piedad/867545/
       
https://www.youtube.com/watch?v=YwhtxpblPSM
       
Versión televisiva 1954 (en inglés)
https://www.youtube.com/watch?v=7DkI2I0W5i8
       
Versión televisiva 1954 (en inglés)-Restaurada
https://www.youtube.com/watch?v=HlaXebUi72A
       
Obra de teatro (en inglés)
https://www.youtube.com/watch?v=ngbEpZ0tTjI
       
Sketch José Mota de TVE
https://www.youtube.com/watch?v=MfS2vJNtamQ
       
Otro sketch José Mota
https://www.youtube.com/watch?v=EL9qFP5qau8
       
Rap de los 12 Angry Men
https://www.youtube.com/watch?v=RpxSFUPjTFs
       

Comentarios

Hay 2 comentarios para esta entrada
  1. D-503 30 enero, 2018 23:18

    Peliculón. Gracias por los links…

  2. Nerea 26 marzo, 2018 22:54

    No suelo ver pelis tan antigüas, la verdad, pero esta me ha encantado. No se hacen pelis así hoy en día, por desgracia.

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